El tiempo transcurría lentamente mientras José Quiroz esperaba que dieran las 6.00 AM, hora que habían convenido para dar por concluida la jornada y volver al hogar.
El mar estaba tan quieto que parecía una interminable laguna, apenas se percibía un tenue bamboleo ocasionado por la corriente marina, tan tenue que le recordaba el suave vaivén de su hamaca cuando su madre le mecía antes de dormir, ante tal similitud pensó que era natural que sus 3 compañeros durmieran profundamente.
Eran las 3.45 de la madrugada, restaban 135 minutos para levantar las redes y volver, como cualquier pescador, sabía que era mucho tiempo aun, quizás en el pueblo 135 minutos podían transcurrir rápidamente jugando fútbol en la playita o echando cervezas en la piquera, o más rápidamente aun, entre las piernas de Marina, eso le hizo evocar la deliciosa imagen de ambos en la lancha, imaginando los grandes senos de Marina aprisionados entre sus manos, mientras la poseía sentada de espalda sobre él, rió un poco al ver a sus compañeros pensando que con una calentura de esas podría confundir a alguno de ellos con su amada.

- Jajaja

Tomó su miembro un breve momento, pero prefirió guardar sus energías para el encuentro que le aguardaba al día siguiente, lanzó un suspiro y mejor encendió otro cigarro, aprovechó la breve luz del cerillo para examinar la cajetilla, solo quedaban un par más.

- Pinches codos jijos de

Guardo los tabacos en la bolsa de su camisa, pensando que mandaría a la chingada al próximo que le pidiera uno, se rascó el cuello mientras ladeaba su cabeza y se recostó sobre el motor fuera de borda, la oscuridad era absoluta apenas distinguía las formas de los otros.
Pasaron unos minutos en blanco, dio una última profusa y larga aspirada y apagó su cigarro, al cual le quedaban escasos milímetros para consumirse en su totalidad, maliciosamente tiro la “bachita” hacia sus compañeros, pero esta termino por apagarse en el agua.
Observó el cielo, por la inexistencia de estrellas y la negritud del firmamento dedujo que posiblemente les llovería en el camino de regreso, pero la humedad que percibía en el ambiente le tranquilizaba, probablemente el temporal llegaría hasta que estuvieran a salvo en casa.

4.00 AM, recordó sus primeras travesías en alta mar con su padre, quien le había enseñado todo lo necesario sobre el oficio del pescador, como interpretar las condiciones para anteceder el clima, como identificar los tonos del mar para ubicar las mejores áreas de pesca, como guiarse por las estrellas para no perderse, como maniobrar la lancha para hacer evitar volcarse ante el mar picado, pero sobre todo valoraba la capacidad que le había heredado para dejarse guiar por la intuición y el profundo respeto por el mar que le había inculcado. Todos decían que el mar era un ser con vida propia que brinda sustento y que a la vez roba vidas, pero por otro lado en realidad no creían en ello, más bien los muy pendejos creían que el mar era una cosa que estaba ahí y que vivir o morir era cosa de suerte, lo respetaban pero no lo entendían, en cambio él, había aprendido a dialogar con el Gigante Azul y al igual que su padre, siempre se le encomendaba de la forma más humilde y respetuosa.

- Pinché viejo eras cabrón.

Dijo, mientras evocaba la imagen de Don Dionisio –su padre- conduciendo el pequeño bote que tenían en aquellos años, aferrando la palanca de dirección del motor, mientras hablaba de todo lo que un buen pescador debe saber con la tranquilidad y elocuencia de un buen sacerdote que se dirige a sus feligreses, no importando que estuvieran en medio de un cruento temporal, mientras él se aferraba lleno de pánico a su asiento.

- Jajaja

Rió nuevamente.

4.15 AM. Entumido, se levantó y avanzó hacia el otro extremo de la lancha, no sin antes aprovechar para pisotear levemente a sus compañeros.

- !Órale cabrón, no chingues¡
- Jajaja

“El Oso” prosiguió con su sueño, mientras él se paraba con los brazos cruzados en la proa de la nave, -costumbre que igualmente había heredado de su padre- agacho la cabeza y paso otros minutos en blanco.
Saco el penúltimo cigarro –un poco molesto ante la evidente extinción de su cajetilla– y lo aprisionó entre sus labios antes de decidirse a encenderlo como si eso fuera a multiplicarlo, finalmente saco la caja de cerillos y encendió uno, en vez de encender su tabaco se limitó a observar como la llama se disipaba ante la brisa marina, saco otro y repito la operación, así lo hizo con los 8 siguientes, las pequeñas y fugaces llamaradas no terminaron con el vació de su mente, solo las observaba, agitó la cajetilla e infirió que solo quedaban unas pocas luces, guardó la caja en la bolsa de su camisa junto al ultimo tabaco que aguardaba en su cajetilla y permaneció parado en la proa con el cigarro en la boca, los brazos cruzados, la cabeza agachada y la mirada perdida en la oscuridad.

4.30 AM. Repentinamente sintió un sutil escalofrío en su espalda, al fin levantó la cabeza y clavó su mirada hacia el Oeste, como si esperara ver algo en esa dirección.

- Puta madre

Masculló, mientras analizaba sus instintos que revoloteaban en direcciones opuestas dentro de él.

- ¿Pasa algo?

Inquirió “El Cola”, que entre sueños había alcanzado a escuchar la maldición que había proferido José.

- Nada duérmete otro rato aun queda tiempo

“El Cola”, se volvió sobre si y recuperó la posición fetal en la que dormía, siendo un adolescente aún, era quien más respeto le tenía a José Quiroz y no se atrevió a cuestionarle, sin embargo ya no durmió, le preocupaban las dos palabras que creía haber escuchado decir al Capitán de la embarcación.
Nuevamente saco la caja, raspó el antepenúltimo cerillo y de inmediato lo envolvió con su mano para encender con maestría el cigarro babeado que permanecía en su boca, a pesar de que la brisa -que ahora corría con mayor fuerza- rápidamente apagó la llama, José aspiro fuertemente el tabaco y exhaló una bocanada de humo, recargó su codo sobre la mano izquierda y validó la situación.
Su instinto le decía que si aguantaban hasta la hora pactada lograrían una extraordinaria carga. Por otro lado, presentía que contrario a los pronósticos del Servicio Meteorológico Nacional, –que religiosamente escuchaba todos los días por la radio–, el temporal podría desatarse en pocos minutos, se encontraban muy lejos de tierra y el viaje de regreso implicaba al menos dos horas más de viaje, sabía que sobre todas las cosas, el Don más preciado es la vida, sin embargo la maldita miseria en que se encontraban envueltos en ese momento de escasez –como la mayor parte del tiempo– le instaba a arriesgarse, paso unos minutos más meditando.

4.45 AM. El viento amainó, el silencio permitió que “El Cola” que luchaba por seguir alerta se entregará al sueño, mientras José Quiroz regresaba a su posición natural en la proa junto al motor, se sentó en el borde de la embarcación y pensó que ante su situación, seguramente su padre se hubiera puesto en manos del Gigante Azul confiando en que, pasará lo que pasará, los protegería, se encontraba cavilando cuando fijo nuevamente la vista hacia el Oeste, un par de minutos después justo en esa dirección, el horizonte se iluminó por las luces de unos extensos relámpagos que quebraban el firmamento, José Quiroz gozó el espectáculo y se engrandeció ante la habilidad que le había permito adelantarse al suceso.

- Jajajaa

Por tercera vez rió, y decidió que permanecerían hasta las 6 AM. en punto, ahora sabía que el temporal se desataría en cualquier momento, pero se sintió seguro de salir avante ante lo que pudiera ocurrir.
Los truenos despertaron a Don Emeterio, -el más viejo de la tripulación-, acostumbrado a las contingencias como la que anunciaba el “juego de luz y sonido” –como gustaba llamar a relámpagos y truenos– se mantuvo impávido y se dedico a golpear “al Oso” y “al Cola” para que despertaran.

– ¡Órale pinches guevones¡

Los tripulantes despertaron y de igual manera con toda naturalidad observaron el espectáculo.

– Ya viene

Dijo “el Oso”, los 4 compañeros se dedicaron a disfrutar del “juego de luz y sonido” que se aproximaba mientras bromeaban, salvo “el Cola” que se sentía inseguro debido a la maldición que minutos antes creía haber escuchado decir a su Capitán.

5.00 am. Contrariamente a lo que se podría pensar, ninguno de los hombres sugirió que regresaran de una vez, habiendo pasado la mitad de su vida dentro de una embarcación estaban naturalmente habituados a las contingencias, además de que en El Dionisio, existía una regla no escrita que prohibía a sus tripulantes tomarse pequeñas libertades como esa, el prestigio de los Quiroz y sus habilidades como Capitanes era harto conocido en toda la región como para preocuparse por hacer sugerencias.
Justamente “El Cola”, pensaba en eso, tenía una fe ciega en José y por lo mismo le preocupaba el puta madre que había exclamado entre dientes el Capitán cuando pensaba que nadie le escuchaba, eso inequívocamente indicaba problemas.
Don Emeterio lo saco de sus pensamientos

- ¡Ya pinche Cola¡ me cay de a madres que si pasan tres años más y sigues quintito te pagamos una putita.

- Jajajaja jajaja

Rieron todos.

- ¡Eso quisieras pinche anciano, pregúntale a la Juana si soy quinto o no¡

Juana era la sobrina menor de Emeterio, tal respuesta causo mayor hilaridad aún entre los compañeros

- Jajajaja jajaja

Aún en Don Emeterio, que en realidad había molestado al joven con el afán de distraerle un poco de sus pensamientos, un viejo como él podía percibir fácilmente cualquier atisbo de miedo en los pescadores y sabía que no es nada bueno dejarlo crecer porque el miedo apendeja, además de que se contagia con facilidad.

- ¿A poco si pinche viejo?, ¿el Cola ya perdió con la Juana?, ¡pues cuantos somos¡
Ante la broma “del Oso” continuaron riendo a pierna suelta

- Jajajaja

Los relámpagos y truenos se posaron sobre ellos pocos instantes después de que las primeras gotas cayeran sobre El Dionisio.

5.30 am. La pequeña embarcación empezó a sacudirse ante la marea que lo apresaba, José Quiroz sintió un nuevo escalofrío esta vez fuerte y claro, no lo pensó dos veces y ordeno:

- ¡Levanten las redes¡

Los hombres se dispusieron a seguir la orden, mientras el Capitán tomaba el control del motor alistándose para partir. Comenzaron a retraer las redes, por el peso parecía que valdría la pena el riesgo que estaban corriendo, sin embargo, en sus adentros José Quiroz estaba un poco arrepentido, el temporal ya estaba en pleno y golpeaba con gran fuerza, ¿se habría equivocado?, el “juego de luz y sonido” era abrumador, por más que gritaban apenas lograban escuchar sus voces apagadas por el ruido de las olas y de los truenos, los relámpagos eran tan constantes que ahora podían verse las empapadas caras cada 3 segundos, sus expresiones eran de concentración total pero no podían ocultar que el invitado non grato estaba a bordo, el miedo.

5.45. Am. Los pescadores terminaron de vaciar la última red, apenas había espacio para ellos con tanto pescado, los que más se agitaban caían de vuelta al mar debido a que la pesca sobrepasaba el borde de la nave, José Quiroz viró hacia el Este y emprendió el regreso, aprovechó la luz de 3 relámpagos para escudriñar las caras de cada uno de sus 3 tripulantes, mientras pedía por ellos.
Acarició el cigarro que permanecía solitario en la cajetilla dentro de la bolsa de su camisa, se lo fumaría en la calidez del hogar acompañado de Marina para celebrar su victoria si el Gigante Azul así lo deseaba, a pesar de la claridad con que vio y sintió esta imagen, no pudo evitar pensar que quizás no volvería a ver a su amada.

6.00 am. El Dionisio se perdió entre el “juego de luz y sonido” con dirección a la costa, acompañado de 4 plegarias silenciosas.

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